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Preparando el discurso


Era un papel arrugado, encontrado en una bolsa de basura cerca de la Plaza de Armas. Con letra enredada y muchas faltas de ortografía, decía más o menos lo siguiente:

 

¿Qué le digo al pueblo? ¿Salgo a “pechar” a los presentes? ¿Hablo de la nueva Constitución? ¿Más bien me disculpo y prometo cambiar? Creo que lo más simple es mecerlos. Total, no creo que hagan nada serio contra mí.

 

 

Puedo empezar hablando de lo bueno que ha pasado en el Perú y que los líderes de opinión, ocupados en mostrar lo malo que pasa, casi nunca ponen en evidencia que el crecimiento del PBI, de las exportaciones, de la recaudación y del empleo, se debe al esfuerzo excepcional de millones de peruanos. Como nadie lo dice, me lo puedo apropiar como logro.

 

Puedo también mostrar lo que gasté en regalos, bonos y ayuda a las familias, y prometer otros desembolsos para los más pobres. También hablar de los presupuestos para obras, sin mencionar cuánto se ha construido realmente, pues si sacan la cuenta verían lo que se pierde por la ineficiencia y la corrupción de las que se me acusa. Y hacer promesas nuevas, sin repetir las del año pasado, que verían que no cumplimos.

 

¿Renunciar por mi baja aprobación popular? ¿Están opas? Si en el hemiciclo, con menos aprobación, muchos no lo hacen, para guardar su sueldo, ¿cómo esperan que lo haga yo, que podría ir a la cárcel? Mejor me enfrento a la justicia, a la que temo, pero que es lenta y puedo hacerla más, con funcionarios que, por conservar su cargo, exijan “más pruebas” y les echen la culpa a los medios. Así tendré tiempo para arreglar algunas cosas.

 

Un riesgo sería que un gran movimiento popular me saque del poder, como pasó con otros dirigentes. Pero esa no es amenaza real, pues no hay un movimiento organizado ni líder creíble que dé esperanza de verdadero cambio. ¿Qué pueblo se tiraría a una piscina sin agua? Por si acaso, aumentaré el sueldo a los profes (a nadie más, menos a esos policías que andan buscando a mi gente), pues tal vez necesite algunos que salgan a marchar por mí.

 

Voy a pedir entonces que me escriban un discurso largo y aburrido. Así nadie pondrá atención en lo que digo, ni, sobre todo, en lo que no digo (nada sobre apoyar a la producción y al trabajo de los peruanos). Y si ponen algo que no me gusta, como exigir que mis amigos fugados se entreguen, simplemente no lo leo. Total, lo importante es que sigan gritando y pidiendo mi renuncia, sin hacer nada que realmente me afecte. Eso sí, ni mencionar “no más pobres en un país rico”, porque van a notar los dos ternos que usaré ese día, y cuánto he engordado durante el año.

 

Al terminar de descifrar el escrito, me pregunté, ¿será cierto? Que tengan una buena semana.

 

 

Rolando Arellano C.

Presidente de ARELLANO y profesor en Centrum Católica

Artículo completo en El Comercio

 

 



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